Pero tenía la cualidad
de no negar un favor o una ayuda a un pobre siempre
que pudiera hacerlo. Tenía veinte años
cuando hubo una guerra entre Asís y la ciudad
de Perugia. Francisco salió a combatir por
su ciudad, y cayó prisionero de los enemigos.
Francisco no llegó al campo de batalla porque
se enfermó y en plena enfermedad oyó
que una voz del cielo le decía: "¿Por
qué dedicarse a servir a los jornaleros, en
vez de consagrarse a servir al Jefe Supremo de todos?".
Entonces se volvió a su ciudad, pero ya no
a divertirse y parrandear sino a meditar en serio
acerca de su futuro. La gente al verlo tan silencioso
y meditabundo comentaba que Francisco probablemente
estaba enamorado. Él comentaba: "Sí,
estoy enamorado y es de la novia más fiel y
más pura y santificadora que existe".
Los demás no sabían de quién
se trataba, pero él sí sabía
muy bien que se estaba enamorando de la pobreza, o
sea de una manera de vivir que fuera lo más
parecida posible al modo totalmente pobre como vivió
Jesús. Y se fue convenciendo de que debía
vender todos sus bienes y darlos a los pobres. Paseando
un día por el campo encontró a un leproso
lleno de llagas y sintió un gran asco hacia
él. Pero sintió también una inspiración
divina que le decía que si no obramos contra
nuestros instintos nunca seremos santos. Entonces
se acercó al leproso, y venciendo la espantosa
repugnancia que sentía, le besó las
llagas. Desde que hizo ese acto heroico logró
conseguir de Dios una gran fuerza para dominar sus
instintos y poder sacrificarse siempre a favor de
los demás. Desde aquel día empezó
a visitar a los enfermos en los hospitales y a los
pobres. Y les regalaba cuanto llevaba consigo.
El primero que se
le unió en su vida de apostolado fue Bernardo
de Quintavalle, un rico comerciante de Asís,
el cual invitaba con frecuencia a Francisco a su
casa y por la noche se hacía el dormido y
veía que el santo se levantaba y empleaba
muchas horas dedicado a la oración repitiendo:
"mi Dios y mi todo". Le pidió que
lo admitiera como su discípulo, vendió
todos sus bienes y los dio a los pobres y se fue
a acompañarlo a la Porciúncula. El
segundo compañero fue Pedro de Cattaneo,
canónigo de la catedral de Asís. El
tercero, fue Fray Gil, célebre por su sencillez.
Cuando ya Francisco tenía 12 compañeros
se fueron a Roma a pedirle al Papa que aprobara
su comunidad. Viajaron a pie, cantando y rezando,
llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas
que la gente les daba. En Roma no querían
aprobar esta comunidad porque les parecía
demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero
al fin un cardenal dijo: "No les podemos prohibir
que vivan como lo mandó Cristo en el evangelio".
Recibieron la aprobación, y se volvieron
a Asís a vivir en pobreza, en oración,
en santa alegría y gran fraternidad, junto
a la iglesia de la Porciúncula. Dicen que
Inocencio III vio en sueños que la Iglesia
de Roma estaba a punto de derrumbarse y que aparecían
dos hombres a ponerle el hombro e impedir que se
derrumbara. El uno era San Francisco, fundador de
los franciscanos, y el otro, Santo Domingo, fundador
de los dominicos. Desde entonces el Papa se propuso
aprobar estas comunidades.
Francisco tenía
la rara cualidad de hacerse querer de los animales.
Las golondrinas le seguían en bandadas y
formaban una cruz, por encima de donde él
predicaba. Cuando estaba solo en el monte una mirla
venía a despertarlo con su canto cuando era
la hora de la oración de la medianoche. Pero
si el santo estaba enfermo, el animalillo no lo
despertaba. Un conejito lo siguió por algún
tiempo, con gran cariño. Dicen que un lobo
feroz le obedeció cuando el santo le pidió
que dejara de atacar a la gente.
Cuando sólo
tenía 44 años sintió que le
llegaba la hora de partir a la eternidad. Dejaba
fundada la comunidad de Franciscanos, y la de hermanas
Clarisas. Con esto contribuyó enormemente
a enfervorizar la Iglesia Católica y a extender
la religión de Cristo por todos los países
del mundo. Los seguidores de San Francisco (franciscanos,
capuchinos, clarisas, etc.) son el grupo religioso
más numeroso que existe en la Iglesia Católica.
El 3 de octubre de 1226, acostado en el duro suelo,
cubierto con un hábito que le habían
prestado de limosna, y pidiendo a sus seguidores
que se amen siempre como Cristo los ha amado, murió
como había vivido: lleno de alegría,
de paz y de amor a Dios.
Cuando apenas
habían transcurrido dos años después
de su muerte, el Sumo Pontífice lo declaró
santo, el 16 de julio.